UNA CASA ENCENDIDA
Al inicio del 2021 se desató una lucha de territorio entre dos bandos enemigos: la policía de la Ciudad de México y un colectivo de mujeres trans que se ganaban la vida a través de la prostitución. Con la crisis del COVID estas mujeres perdieron la mayoría de sus clientes y se empezaron a morir de hambre, literalmente. Después de meses de resistencia férrea ellas ganaron la batalla y fundaron lo que hoy se conoce como el “Tianguis Disidente”, que inició ingenuamente como una protesta social y espacio de comercio para la comunidad LBTTTI+ y otras disidencias afectadas por la crisis económica que trajo la pandemia. Poco a poco, el edén que era este lugar mutó hacia un microcosmos que reflejaba las mismas dinámicas de poder que se viven en la Ciudad de México. Las fundadoras que se vieron obligadas a crear este espacio por la discriminación que las mataba y las excluía de una bolsa de trabajo austera, empezaron a discriminar y exiliar a aquellas personas de disidencias que no entendían, apoyaban o simplemente odiaban.
Fue en este microcosmos camuflado de edén cuando yo llegué, invitado por un novio de aquel entonces que me enseñó el lugar. En cuanto llegué el espacio me sedujo pues era hipnotizante, me sentí en casa. Su energía rebelde, la música, la gente, la libertad que se vivían ahí eran abrumadoramente familiares. Se podía fumar, bailar y hacer de todo sin importar que los policías nos observaran a escasos centímetros de la frontera que dividía el espacio con el resto de la ciudad, no se metían. Como me sentí en mi hogar y se encendió mi fuego interno, saqué mi cámara y me dispuse a documentar y hacer un registro de aquel anárquico paraíso. Sin embargo, mi fantasía se rompió, duro poco, pues en cuanto hice la primera foto alguien a lo lejos gritó fuego y en un instante me vi rodeado por los mismos que momentos antes consideraba mi familia. Algunas decenas de personas se amotinaron en un círculo a mi alrededor portando palas, tubos de metal e incluso botellas rotas que blandían de manera amenazante. El líder con el rostro cubierto se me acercó diciendo que no podía hacer fotos ahí, que me largara o se iban a deshacer de mí. En ese momento abrí la tapa de la cámara, saqué el rollo y se lo di. Acabó quemado a metros de mis pies. Temblando me fui alejando poco a poco pero volví al día siguiente, esta vez sin cámara. Me senté en una banca y conocí a Honey una mujer de apenas diez y ocho años que vendía ropa usada ahí, platiqué con ella y nos acabamos haciendo amigos.
Esta serie va de ese lugar y la documentación que logré hacer del espacio y los que lo habitan, escondiendome a la sombra de los que me querían y abriendome paso entre aquellos que buscaban deshacerse de mí. Abarca de febrero a julio del 2023. Una gran parte de ellos me abrieron una fracción de su mundo y en este proyecto les honro, no así a sus fundadoras para quienes siempre fui una más de esas disidencias que no entendían y por tanto querían eliminar. Tal vez para ellas yo siempre fui otro animal de rutina.




